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Mikel Agirregabiria Agirre. Educador |
El
suicidio de Jokin merece una reflexión colectiva y un urgente programa
educativo anti-bullying.
Jokin era un chaval de 14 años que se arrojó desde la muralla de Hondarribia
el aciago martes 21 de septiembre después de sufrir el acoso de un grupo de
compañeros de clase. La autopsia demostró claros signos de haber sido golpeado
días antes del suicidio. Ocho condiscípulos de Jokin fueron expulsados
temporalmente del instituto.
A Jokin le fallamos todos, los educadores (verdaderos), los adultos
(verdaderos), los amigos (verdaderos),… todos los que no previmos y atajamos
un caso tan cruel que estaba aconteciendo en un espacio protegido como debe ser
el entorno educativo. A Jokin le persiguieron sistemática e impunemente una
“banda” de adolescentes de 4º de la ESO con reiteradas amenazas,
humillaciones, vejaciones y palizas, conocidas por una parte del profesorado y
alumnado del centro.
A sus verdugos adolescentes sin escrúpulos morales, no supimos enseñarles
valores humanos suficientes para rechazar semejante conducta despiadada y
mafiosa. Al mismo Jokin no supimos educarle para pedir ayuda a su familia o a un
tutor vocacional, ni para rechazar ese falso concepto de cuadrilla que protege a
los explotadores. Tampoco supimos inculcarle a Jokin el valor y el apoyo que
evitase la ceguera de un martirio que le llevó a la desesperación.
La muerte de Jokin es un monstruoso fracaso de ingentes dimensiones familiares,
educativas, sociales y éticas. La deriva de una sociedad que no se revuelva
inmediatamente ante el sacrifico de Jokin no merece sino el calificativo de
culpable por acción y por omisión. Nada nos define a todos nosotros mejor que
el mensaje desgarrador de un compañero de Jokin en su mismo chat: "Cuanto
más tiempo pasa peor me siento. Es como un gusano que come mi interior por no
haberte defendido".
La muralla de Hondarribia se ha llenado de velas, flores y mensajes. La dirección
del instituto ha comentado que "Quizás hemos actuado con demasiada
lentitud". Se ha abierto una doble investigación escolar y policial. Pero
todo ello no basta si no aseguramos que ningún otro Jokin esté sufriendo la
misma tortura. Hemos de reaccionar inmediatamente desde la indignación de que
sucesos así acontezcan entre nosotros.
La historia de Jokin debe ser contada y comentada, hoy mismo, en todas las aulas
de la ESO. Y luego preguntar: ¿Algo así sucede entre nosotros? Hemos de
instaurar un programa educativo generalizado “anti-bullying”, de prevención
de las agresiones verbales o físicas entre condiscípulos, con terapias y
prevención activa para “intimidados” en primer lugar y, también, de
reeducación y rescate para los “agresores”. Se ha estimado, en una reciente
tesis doctoral de José María Avilés, que el abuso entre condiscípulos
alcanza episódicamente al 5,6% del estudiantado, y que el 1,5% del alumnado
(una cifra inmensa de niños y jóvenes) padece esa intimidación cotidiana y
persistente.
El acoso entre iguales es un serio problema educativo velado y poco estudiado.
El término “abusón” siempre ha formado parte del vocabulario escolar.
Causa un indecible sufrimiento entre las víctimas, que pueden llegar al
suicidio, y efectos nefastos en agresores y espectadores. Suele pasar
desapercibido entre el profesorado y las familias o provocar su impotencia, al
no saber cómo afrontar un tema que puede tener gravísimas consecuencias
sociales. Son características de este tipo de acoso la desigualdad física o de
poder entre agresores y víctima, las acciones repetidas en lugares y tiempo,
con intencionalidad de atemorizar. Existen componentes físicos, verbales,
sociales y psicológicos que marcan a las personas protagonistas en su futuro
social, más allá del periodo escolar. La práctica consiste en ejercer
violencia repetidamente contra alguien que no puede o no sabe defenderse:
golpes, empujones, insultos, robos de bocadillos o tareas, que atemorizan y aíslan
a la víctima, generándole además anticipada angustia. Antes de salir de casa
ya sufre lo que le puede pasar.
El agresor, más frecuentemente varón, habitualmente es más fuerte físicamente
o de carácter y sin sentimiento de culpabilidad ("el otro se lo
merece"). Se acostumbra a la extorsión sin consecuencias, pudiendo
evolucionar en el futuro hacia la delincuencia o la agresión familiar. La víctima,
también más frecuentemente varón, suele ser de baja autoestima, con
dificultades de relación, no manteniendo tras de sí un grupo que le proteja y
trata de escaparse de la agresión, protegiéndose con enfermedades imaginarias
o somatizadas. Los espectadores o espectadoras que no intervienen y se
acostumbran a ver como normales las situaciones injustas, llegan a inmunizarse
ante el sufrimiento ajeno. Cualquier lugar donde no haya personas adultas
observando es susceptible de ser el escenario de la intimidación: patios,
alrededores,...
En la etapa escolar, los responsables de la prevención y corrección del acoso
somos tanto los familiares de agresores, de espectadores o de víctimas, como el
profesorado y el resto del personal adulto de los centros de enseñanza. Por
ello es apremiante que los diferentes estamentos de la comunidad escolar tomemos
el tema con la prioridad que merece y elaboremos un plan propio de detección y
corrección del problema. Se propone que todos los centros escolares, y
fundamentalmente en los niveles de Enseñanza Primaria y Secundaria, elaboren un
plan "antibullying" específico, con terapias para el alumnado víctima
y victimario, en su caso recurriendo a profesionales o siquiatras colaboradores.
Estos planes podrían seguir protocolos innovadores, como el denominado
Preconcimei propuesto por el citado Avilés para evaluar el grado de presencia
del acoso escolar a través de cuestionarios entre el alumnado, el profesorado y
los progenitores, así como una guía para planificar la actuación y las
terapias en cada centro, incluyendo el método desarrollado en 1989 por el psicólogo
sueco Anatol Pikas, con fórmulas combinadas incluyendo los ‘bully courts’ o
tribunales escolares creados en el Reino Unido. Los resultados en los centros
británicos o nórdicos donde se ha intervenido con el sistema Pikas han sido
muy satisfactorios con un índice de víctimas reducido al 40%.
El nombre de Jokin podría servir para intitular un programa "antibullying"
de aplicación inmediata en nuestro sistema educativo. Así reconoceríamos su
sacrificio para conmover nuestros corazones de adultos, y materializaríamos el
deseo último que horas antes de tomar la fatal decisión escribió Jokin en su
chat: "¡Libre, oh, libre. Mis ojos seguirán aunque paren mis pies!".
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