
¿Te vas de casa?
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En los últimos tiempos parece que quienes no hemos llegado todavía a la treintena o la hemos sobrepasado ligeramente estamos poco interesados en abandonar la vivienda de nuestros padres. De hecho, el 86% de los vacos de edades comprendidas entre 15 y 29 años vive con sus padres u otros familiares, mientras que únicamente el 11% lo hacen con su pareja, el 1% comparten el piso con amigos/as y otro 1% viven solos. |
Que hasta
la edad de 18 ó 20 años no nos planteemos seriamente el abandono de la
vivienda de los padres es lógico, pero la razón de que muchos jóvenes que ya
peinan canas vivan con sus padres no se debe a que elijan libremente esa situación,
sino que, una vez más, debemos echar la culpa a la desfavorable coyuntura económica
en la que estamos inmersos, caracterizada (y no descubro nada nuevo) por
la dificultad para acceder a un trabajo más o menos estable y al alto precio
que las viviendas alcanzan en el mercado.
De no
mediar estas razones de tipo económico, es decir, si contasen con suficientes
ingresos económicos, recientes encuestas sociológicas indican que el 56% de
los jóvenes optarían por abandonar el domicilio de los padres, especialmente (como
es lógico) los de mayor edad.
Pero
prescindiendo de los condicionantes económicos ya mencionados (y con alguna
resignación), los jóvenes de hoy en día vivimos más o menos
satisfactoriamente con los padres. Esta actitud se debe, por una parte, a que en
el seno familiar encontramos más comodidades y libertad que las percibidas por
quienes eran jóvenes hace algunos años y, por otra, a los cambios
socioculturales que han tenido lugar en nuestra sociedad: prolongación del período
de formación, elevación del nivel de vida, progresivos cambios de los papeles
sociales de la mujer, del hombre y de las relaciones de padre y madres con hijos
e hijas, etc.
| Cuando decidimos dar el paso hacia la independencia (aunque luego vayamos a comer todos los días a casa de los padres), la vivienda y sus características (situación, comodidades, proximidad de equipamientos, etc.) tienen una gran importancia en la determinación de nuestra calidad de vida. La adquisición de un vivienda puede suponer (de hecho lo supone) la detracción de una parte muy importante de nuestros ingresos, que repercutirá, tarde o temprano, negativamente sobre la satisfacción de otras necesidades fundamentales, tales como la alimentación, el vestido, la educación, la salud o las relaciones sociales y afectivas, de forma más profunda que en otros sectores de la población, pues los jóvenes estamos inmersos en una problemática específica caracterizada por la inestabilidad de ingresos económicos, falta de ahorro, inexperiencia, etc., derivados de nuestra reciente asunción de las responsabilidades adultas y de la entrada al mercado de trabajo. |
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Cuando el
acceso a una vivienda deja de estar, de hecho, al alcance de una parte de los
ciudadanos, lo poderes públicos deben plantearse al posibilidad de tomar
medidas para facilitar el acceso a la misma desde cualquier instancia
administrativa dotada de competencias para ello, tomando medidas de muy variado
tipo, que pueden ir desde la tendentes a evitar la especulación inmobiliaria
hasta la de proporcionar información que permita la racionalización del acceso
a la vivienda.
La compra
o arrendamiento de una vivienda es preciso contemplarlas inscritas dentro de un
mercado inmobiliario muy complejo, regulado en primera instancia por las leyes
de la oferta y la demanda. En él la oferta está constituida por viviendas,
producto de diversas iniciativas y dotadas de características concretas en
cuanto a su tamaño, distribución, equipamiento, antigüedad, estado, etc. y en
el que intervienen directa o indirectamente una serie de intermediarios,
administraciones políticas e intereses muy complejos. La incidencia de cada una
de estas variables es diferente en el tiempo y en el espacio, y su importancia
de cara a la clientela formada por los jóvenes, desigual.
Atendiendo
a la forma de iniciativa, ésta pude aparecer den dos modalidades. Por un lado
se encuentra la iniciativa pública, en la que la propia Administración fomenta
la construcción de viviendas, bien de forma directa a través de ayudas,
desgravaciones u otro tipo de medidas; bien de forma indirecta, a través de
actuaciones financieras o fiscales. Por otra parte, la iniciativa privada
aparece directamente unida al mercado inmobiliario, ofreciendo siempre un
producto variado que responde más a la rentabilidad económica de la operación
inmobiliaria que a las necesidades de la población en general. De ahí que la
iniciativa pública se constituya en muchas ocasiones como la única vía de
acceso a la vivienda para aquellos grupos de la sociedad que, por su
insolvencia, no pueden hacerse con ella a través de los canales convencionales.
Un método
intermedio entre ambas modalidades lo constituye la cooperativa, caracterizada
por tratarse de una inactiva privada, pero colegiada, al estar constituida por
personas con unos mismos intereses (la necesidad de vivienda).
La oferta
inmobiliaria está influida en mayor o menor medida por la época de construcción
de la vivienda y la forma de ocupación. Así, los inmuebles responden a las
necesidades propias de la época en que son construidos, resultando
frecuentemente inadecuados para su reutilización al cabo de algunas décadas.
Por ejemplo, una vivienda al uso de los años treinta no siempre disponía de baño,
de suficiente ventilación, etc. De ahí que los inmuebles de reciente
construcción sean sobre los que se ejerce una mayor demanda, mientras que las
viviendas de segunda utilización, dotadas de unos precios inferiores, conllevan
unos gastos complementarios relacionados con su adaptación a los usuarios.
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